Café del Art
Podría resultar curioso que alguien que disfrutaba de la adrenalina y de la sensación del viento en la cara al ir en moto, pudiese apreciar también la tranquilidad y el ambiente que le brindaba el Café del Art, en el centro de Madrid.
La plaza del Cascorro no le pareció gran cosa: un espacio abierto de confluencia de calles, presidido por una pequeña estatua que no debía de llegar a los tres metros de altura. El desnivel del terreno tampoco permitía una sensación de libertad urbanística y las terrazas, apenas ocupadas por turistas, acotaban la vista a unas pocas decenas de metros.
Sin embargo, aquella pequeña mesa de cincuenta centímetros —redonda, con superficie de madera y un estilo de tiempos pretéritos— que se encontraba junto a la ventana ofrecía lo mejor de los dos mundos: la vista de la plaza bajo el sol del mediodía y el ambiente sosegado del local.
De vez en cuando, él levantaba la mirada de su libreta, donde plasmaba tinta en forma de palabras, para observar a la gente de su entorno: la camarera, la pareja de la mesa de enfrente, un treintañero escribiendo en su portátil o un grupo de cuatro amigos que reían y pasaban un buen rato. Un curioso crisol de personajes.
La camarera —una joven de unos veintitantos, con melena larga hasta la cintura y uniformada de pies a cabeza— jugaba con las expresiones de su cara: la amable, para los clientes que decidían pasar un rato en el café; la aburrida, reservada para la pequeña zona de la barra. Con total claridad se podía leer en sus gestos que preferiría estar haciendo otra cosa en aquel sábado soleado de julio, antes que trabajar sirviendo mesas.
La pareja mantenía una conversación profunda. La mujer inundaba sus ojos en lágrimas cada pocas palabras; él mantenía una compostura racional, intentando ser el clavo ardiendo al que ella pudiera aferrarse. Miradas perdidas, titubeos y el vaivén continuo del pañuelo de la muchacha eran las señales claras de que aquel clavo no estaba en su mejor momento.
El chico del portátil —ataviado con sus auriculares, una camiseta blanca y un ordenador que intentaba por todos los medios seguirle el ritmo pese a su antigüedad— apenas levantaba la vista. Podría estar escribiendo un relato, pero eso era muy improbable. Dos desconocidos, con el mismo color de camiseta, escuchando su propia música y escribiendo; había más posibilidades de que entrase un personaje famoso por la puerta.
Una pareja de unos cuarenta años se levantó; ya habían tomado bastante café por hoy. Además, la hora del almuerzo se acercaba y todo señalaba que hoy al que le tocaba cocinar era a él. Salieron cogidos de la mano, con tranquilidad, charlando. De seguro que ella valoraría muchísimo los esfuerzos culinarios de su compañero, aunque este no tuviese la más mínima idea.
Como la curiosidad mató al gato, una mujer de unos treinta años, con una mochila a la espalda, pantalones cortos y el pelo más rizado que se hubiera visto nunca, entró al café después de haber examinado el interior con una mirada rápida a través de la ventana. Parecía estar buscando un lugar tranquilo, sin mucha gente, donde ordenar sus pensamientos usando su teléfono móvil.
El café con hielo se acabó y el motorista miró su reloj. Debía hacer más cosas antes de volver a casa, pero allí estaba a gusto. En su rincón, con su mesa pegada a la ventana, el cuaderno con una nueva historia y un tique de consumición que le recordaba que era hora de marcharse, que aquello no era eterno y que alguien le esperaba para almorzar mientras charlaban de su nuevo relato en el Café del Art.
«Hay que volver a este sitio».
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