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Bebidas en la plaza

Plaza urbana soleada con contraste social: hombres bebiendo en bancos frente a turistas y niños en columpios bajo un arco monumental - Relato de realismo social en Akilon Blog - Relato sobre Bebidas en la plaza en Akilon Blog

En el lado opuesto de la plaza, ajenos a su entorno y sumidos en la algarabía de los juegos infantiles, los niños jugaban despreocupados bajo la supervisión de sus madres. Aun así, los borrachos, la gente del barrio que había crecido con carencias hasta llegar a perder parte de su dentadura, disfrutaban de su lata de cerveza. La guardaban con mucho recelo, tal vez pensando en si su dinero suelto les permitiría comprar otra.

Bebían, hablaban, reían y, tal vez —solo a lo mejor—, daban la impresión de pasárselo mejor que los propios niños del parque; mejor que las madres que compartían confidencias o que los turistas acomodados en las terrazas de los bares con sus cervezas caras, de igual sabor al de las de sus congéneres pobres.

Ellos disfrutaban de la brisa, de la sombra de los árboles y del bullicio del gentío. Los turistas eran escudriñados con asco por aquellos que se habían criado jugando en aquella plaza, sin columpios, con un simple balón. Eran borrachos que encerraban experiencias e historias de la calle y que ahora, tarde tras tarde, ahogaban su memoria en alcohol de cuarenta céntimos.

El resto de la gente, la que ocupaba los robustos bancos de granito gris llamando por teléfono o abrazando a sus madres en silla de ruedas, solo estaba de paso. Miraban la escultura custodiada por una valla negra, se hacían un selfi y proseguían su camino en dirección a alguna de las avenidas de la ciudad.

Un coche de la Policía Nacional irrumpe en la plaza. Se pasea, se pavonea con sus luces, vigila a la escasa multitud. La gente que se siente a salvo vuelve a la pantalla de su móvil; las madres observan la ronda policial con orgullo y uno de los borrachos hurga en sus bolsillos en busca de calderilla para convidar a su amigo de la infancia. Pobre, pero agradecido por la compañía.

La juventud parece pasar de largo: entra por una calle y sale por la opuesta. La plaza no interesa. No hay tiendas de ropa, ni de tecnología, ni tan solo un local de estética minimalista. Los bares de toda la vida, los «de barrio», están tan involucrados en aprender inglés como en servir paellas en tiempo récord. «No, jóvenes. Aquí no se escucha reguetón».

Un grupo de veinteañeros se para al pie de la intocable escultura. Hablan, ríen y miran sus relojes con impaciencia. Son foráneos de la plaza, de su ambiente, de los borrachos baratos. Al poco, un trío de chicas de la misma edad se une al grupo. Besos, nuevas risas y a proseguir el camino por la calle del sur.

Los árboles, verdes y frondosos por culpa de una inesperada primavera, dan cobijo a los pájaros que se han puesto en vigía, pendientes de las migas que pudieran caer de los bocadillos de los críos; esos que ahora dan un descanso a los columpios y a la vecina del segundo B, quien por fin deja de oír el chirriar de los balancines. De momento.

Bonita plaza esta. Una en la que parece haber vida y alegría hasta que un hombre de paso errante te pide que le dejes cuarenta céntimos.

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